Cara o Cruz: La Economía del Respeto y el Archivo del Alma
Evening skyline, 2019
Aníbal, el don con el bastón y la muñequera. A sus 90 años, todavía le pide permiso a su esposa para que la vida lo deje llegar a la centena. "Cara o cruz", me pregunta de repente. Me quedo sin respuesta, con cara de confusión, mientras él desglosa por qué vivimos en una "sociedad de la moneda".
Yo iba con prisa, buscando un soporte para el teléfono para grabar contenido —un objeto que al final no encontré, quizás perdido en la playa o en casa de mi abuelo—. En medio de mi agitación moderna, Aníbal me detuvo con su filosofía: "La cara es el lado que debemos seguir, porque Dios ya murió en la cruz". Él me explica que, si ya Él murió por nosotros, nuestro deber es luchar por el bien de los demás. Hablamos de derechos y de cómo la historia repite sus ciclos, buenos y malos. Me recordó las crónicas del "caripelao" que no pedía permiso, de los tiempos donde el hombre abusaba de la mujer. Entendimos que esos sucesos no son el ejemplo a seguir; a mí me criaron con disciplina. Por eso, cuando me dice que su esposa "no lo deja" vivir hasta los cien, le digo: "Pues pídale permiso". Es un gesto de respeto y tolerancia que ya casi no se ve: el acto de mirar a alguien a la cara.
Lamentablemente, la economía ha transformado nuestra mirada. Ya no miramos rostros, miramos pantallas. Aníbal recuerda los años 50, cuando compartir era la esencia. Si faltaba azúcar o se cocinaba un lechón, se hacía de frente al vecino. No había almacenamiento, solo comunidad. En aquel entonces, un "chavo" era un tesoro, como un iPhone hoy. Antes se "jociaba" la escalerita: de la gallina al juey, intercambiando frutos por favores para proveer a la familia.
Hoy, ese intercambio se ha desvirtuado en vicios que no promueven cambio, sino que envenenan la sociedad. La comunidad se entierra, borrando el camino al cielo tras lenguas de prostitución física y digital. El que es sabio sabe mantener el camino limpio; da pena el que se vende sin un propósito noble. Hay que mantener la curiosidad por las cosas que construyen el castillo, manteniendo la disciplina no solo afuera, sino en uno mismo.
Hablamos de música, de tierra y de historia. El puertorriqueño, "vestido de taíno por los españoles" hasta el sol de hoy, sabe negociar. Aníbal tiene razón: si no sabes negociar, eres el loro que solo repite. Si no construyes la escuela, la ignorancia nos pasa por encima y nace el estereotipo. Pero hay que negociar con la "chiva" en alto y la energía limpia. Querer al vecino, al local y al de otros países.
Hablamos de nuestra hermana, la República Dominicana. Queremos sus avances, pero lamento el daño de la explotación desmedida de la tierra por dinero. Si escucháramos a la Pachamama, todo podría seguir sin derrumbar la vida de otros. Nuestra cultura boricua vive en la plena y en el merengue que resuena en ambas islas. Cantamos poesía porque nos actualiza a la realidad. Muchos puertorriqueños mueren por regresar; estoy seguro de que mi hermano quiso eso, pero no aguantó.
Aquí el clímax de mi encuentro: Me despedí cuando llegó su sobrino, un personaje con una alegría que ya no se ve. Su sonrisa me devolvió a la escuela superior: sin deudas, sin preocupaciones, jugando "pillo y policía" por los pasillos.
Antes de irme, le dije a Aníbal que soy artista. Que estudio el pasado porque de estas conversaciones creamos memorias permanentes para la próxima evolución. Aníbal no solo me dio una lección de economía; me recordó que el arte es el archivo de lo que fuimos, para no perdernos en la oscuridad de lo que seremos.